La tarde dio un vuelco insospechado. El viento se volvió gélido y levantó las hojas adormecidas de las aceras, haciéndolas planear en remolinos noctámbulos hasta la esquina donde el aquelarre era casi insoportable; atónitas ante las miradas de los transeúntes que fijaban sus óculos al ventanal, desde donde se desprendía una imagen nítida como desde una pantalla plana de 30 pulgadas, dos sendos cadáveres mostraban su hilacha, enmarcados en la posteridad.
De hecho, nadie supo quién, ni cómo, ni cuándo fue. Quizás sí se supo el motivo, pero nada más; allí estaban ellos destrozados, aplastados, desmembrados, escupiendo fluidos; tiesos uno sobre otro, cual cuadro surrealista.
Al toparme con esa escena intuí el porqué, y sin más razonamiento deduje a regaña dientes que el asesino debía ser una mujer, ya que la furia impresa en aquellos cuerpos me dictaban que fue quizás por celos, he indudablemente por aborrecimiento; sólo una mujer llegaría a ese estado de estupefacción casi orgásmico para cometer tal atrocidad.
Allí trabajaba Ana Rosa, era unas de esas casas muy chic que vende sábanas de sedas, lencería fina y todo lo elegante que en Resistencia se pueda hallar, paquetería de ciudad.
Imagino que Ana Rosa se habrá cansado de ver las orgías que, en ese camastro de utilería vestido de seda, hacían noches tras noches aquellos desdichados cuerpos, y en un arranque otoñal tomó la certera arma con la cual los destrozó en esa copula tan dolosamente caprichosa, gozosa, pro creativa y los dejó allí mismo para que todos los vieran, supieran y comentaran y al fin así sin fumigar llegaran a las antenas de los más ínfimos insectos que en las camas de Ana Rosa no copulan las cucarachas.
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