arearestringida


Intro

5 de enero de 2008. Primer paso al vacío.
Ausencia de certezas. Plenitud de expectativas.
Hoja en blanco donde se dibujarán nuestros pasos.
Primera huella sobre un mapa codiciado.
Latinoamérica soñada: rezo para que no te vuelvas pesadilla…
Un trocito de mundo. Miles de kilómetros.
Pestañeo en la eternidad: dos meses.
Poca plata. Dos pulgares cuatro manos: Ceci y Juan.
Muchos caminos. Persistentes sensaciones…
Una línea del alma se estira como un chicle desde Formosa y se cruza con un vuelo de tucanes. Una nube de mosquitos nos advierte que no estamos solos.
Que somos innegables.
Que no sólo hay mariposas en el estómago.
Límites trazados (x,y): 8 de marzo y Venezuela.
Pero Ecuador nos cautiva y hasta ahí llegamos, al borde de una Colombia convulsionada en la que me da miedo entrar. Es un temor seductor, pero la página del tiempo se dobla: hay que regresar…
Pero antes, es preciso izar las velas y zarpar; recibir el primer suspiro del destino… Una zamba improvisada con el azar. ¡Adentro! Vuelan pañuelos en el caos y se elevan los pulgares.
Coro de camiones y arrestos de caminos en el horizonte.
Por qué viajan, nos preguntarán camioneros peruanos desconcertados en los desiertos. Para qué, bananeros ecuatorianos de preocupaciones dulces, verdes, cotizadas en dólares.
Por qué… Para qué…
Viajamos por viajar: frase inteligible aunque hablemos la misma lengua.
Para conocer: respuesta desconcertante, incompleta.
Nos miran como si fuéramos locos, personas que perdieron el sentido. Tal vez, tal vez… Pero no, me resisto a lo grotesco.
No se dan cuenta, son ellos el verdadero sentido de este movimiento.
No, no buscamos trabajo; tampoco investigamos.
Es más simple. Viajamos para aproximarnos…
Y practicamos el arte de los tatuajes metafísicos: buscamos que nos marquen y a veces ocurre que dejamos nuestro rastro.
A pesar de la fugacidad, una huella.
Como los artistas que adornan con stencils transgresores la ciudad de Resistencia. Y para qué lo hacen, probablemente por esa huella...
Sí, ciertamente creo que viajamos por los tatuajes metafísicos…
Regresé grabada como una yarará.
Ahora, lejos de poder responderles cara a cara, con el viento entrando por las ventanillas y la música tropical a todo volumen, se me ocurre una respuesta. Viajamos, amables conductores, como si fuéramos abejas libadoras -como lo dijeron poetas griegos-, recolectando el néctar de las flores -incluso las del mal-. Mezclamos el polen con nuestras salivas y procesamos una miel que sabe diferente cada vez.
No siempre es dulce, y la miel de Juan no es como la mía…
Estoy segura que ni lo sospechaban, pero leí que Einstein predijo lo siguiente: si las abejas desaparecieran de la Tierra, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida…
Por eso las abejas resistimos, incluso en Resistencia.
Y algunas también viajamos.
Los dos cargamos mochilas muy pesadas. Juan la llenó con sus libros de otro viaje, y fue diseminando por los caminos una miel con gusto a Medio Oriente, dice que sabe a hospitalidad. Yo cargué mucha capacidad de asombro y saliva, quería mezclarla con el polen del camino… Y el polvo. Y esta es mi miel, mi dulce escupitajo.
Más fatídico fue el escupitajo del hado maligno que en Tocopilla, una pintoresca ciudad del norte chileno sobre la costa, hizo que las montañas desérticas sacudieran sus polleras agitando lugareños y removiendo hogares. Y el océano su cómplice. Y qué miel sería ésta, imagen amarga que a nuestro paso iba develando casas destruidas y personas despojadas. Qué significarán estas marcas tan evidentes dejadas por Gea y Poseidón en indudable complicidad, en vaya uno a saber qué viaje cósmico, qué tatuaje metafísico…

Pero antes estaba nuestro viaje.
Formosa. 5 de enero y muchos eneros esperando este momento. Mami y Papi preocupados -en este caso no es pertinente que los llame “mis viejos”, porque ese día eran más que nunca Mami y Papi, y veía su desesperación encubierta, y sentía la mía que amenazaba con dejarse ver-. El temor. La incertidumbre. El amor. Pero el valor dominaba y ahí estaban, acompañándonos en la partida. Delicioso desayuno. Abrazos. Cuidates infinitos. Ganas de llorar. Felicidad contrariada. Contradicción feliz. Pero el valor dominaba porque a partir de ese momento era yo la prolongación de sus sueños sin resolver. Me sentí un poco heroína, pero a la vez un poco traidora del nido; y algo culpable por el devenir de sus emociones. La imagen de mi madre transmitiéndome toda la fuerza del universo con su mirada y sus últimas palabras: pensá en mi cuando estés frente a las líneas de Nasca. No me animé a decirle en ese momento que Nasca no estaba en nuestros planes, aunque su semilla germinaría más tarde, como todas las que ha sembrado en su vida. Me sentí fuerte, gigante, ante el poder de su proximidad, no había marcha atrás. Había que despegar y punto aparte.
Pero hay segundos que duran una eternidad, sensaciones que no se borran y permanecen incluso cuando todo acabó. Se te instalan sin permiso, como un virus de Internet.
Lo miraba a Juan y él como si nada. Como siempre en otra dimensión. Se me aparecía incapaz de percibir los sutiles torbellinos que me sacudían. Tal vez me equivoco. Es que para él iniciar un viaje era parte de una rutina que venía manteniendo desde hace años. Me desilusionaba un poco esa imposibilidad de poder compartir el despegue en la misma frecuencia. Siempre esa extraña necesidad imperturbable de vivir en sintonía. En fin, salimos siguiendo el mismo camino pero cada uno escuchando una música de fondo diferente. Es lo que hay, y hay que continuar…
Mi papá, escritor, mochilero jubilado desde que fue padre, me ayudó como siempre a dar los primeros pasos. Nos subimos al auto, me compró una buena provisión de chicles –para él los chicles y los viajes van de la mano-, y nos llevó los primeros doscientos kilómetros por la Ruta Nacional 81 hasta el cruce con Pirané. Él, como siempre, siguió hacia El Colorado -tanto así que uno de sus libros de poesías se llama Las raíces buscan el sur-, y nosotros seguimos hacia el oeste donde nuestras expectativas se estiraban hasta Chile.
Allá va la mitad de mi vida, dijo, mientras giraba en U y les pedía a los gendarmes que nos ayuden a embarcar y les advertía que yo era su hija. Otra vez el corazón se me quería rebelar, atravesar la carne y quedarse en el nido. Pero una frase anterior fue el sortilegio para que el impulso fuera opuesto: estás por hacer lo que yo siempre soñé… La mochila me pesaba enormemente, y cada vez más…
Nos quedamos en la banquina.

Autora: Cecilia Hauff
Fuente: www.autostopargentina.blogspot.com

Tags: a, argentina, autostop, dedo, formosa, mochileros, resistencia, sudamérica, viaje

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Chicalatinoamericana Comment by Chicalatinoamericana on April 13, 2008 at 7:34pm
gracias
Elian Comment by Elian on April 12, 2008 at 3:22pm
muy bueno, lo había leido en tu blog, gracias por compartirlo con nosotros aca.

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