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Mi pulgar baja con independencia de mi voluntad: constantemente, a intervalos regulares, siento la necesidad de apretar, de aplastar, de disparar un repentino impulso como un proyectil; si era esto lo que querían decir cuando me atribuyeron una semiinvalidez mental, han acertado. Pero se equivocan si creen que no había un plan, una intención bien clara en mi comportamiento. Sólo ahora, en la calma acolchada y esmaltada de este cuartito de la clínica, puedo desmentir las incongruencias que tuve que escuchar en el proceso, procedentes tanto de la acusación como de la defensa. Con esta memoria, que espero poder enviar a los magistrados de la corte de apelación, aunque mis defensores quieran impedírmelo a toda costa, pretendo restablecer la verdad, la única verdad, la mía, si es que alguien está en condiciones de entenderla.

También los médicos andan a tientas en la oscuridad, pero por lo menos ven con aprobación mi propósito de escribir y me han proporcionado esta maquina y esta resma de papel: creen que esto representa un mejoramiento debido a que me encuentro encerrado en una habitación sin televisor, y atribuyen la interrupción del espasmo que me contraía una mano al hecho de haberme privado del pequeño objeto que empuñaba cuando me detuvieron y que conseguí (las convulsiones que amagaba cada vez que me lo arrebataban de la mano no eran simuladas) tener conmigo durante la detención, los interrogatorios, el proceso. (¿Y cómo hubiera podido explicar –si no demostrando que el cuerpo del delito se había convertido en una parte de mi cuerpo– lo que hice y –aunque sin lograr convencerlos-– por qué lo hice?)

La primera idea equivocada que de mí se formaron es la de que mi atención no puede seguir más que por pocos minutos una sucesión coherente de imágenes, que mi mente sólo es capaz de captar fragmentos de historias y de discursos sin un antes ni un después, en una palabra, que en mi cabeza se ha cortado el hilo de las conexiones que sostiene el tejido del mundo. No es cierto, y las pruebas que aducen para sostener su tesis –mi manera de quedarme inmóvil durante horas delante del televisor encendido sin seguir ningún programa, obligado por un tic compulsivo a saltar de un canal a otro– bien puede demostrar justo lo contrario. Estoy convencido de que en los acontecimientos del mundo hay un sentido, de que una historia coherente y motivada en su serie completa de causas y efectos se está desarrollando en este momento en algún lado, inalcanzable para nuestras posibilidades de verificación, y que esa historia contiene la clave para juzgar y comprender todo el resto. Este convencimiento es lo que me tiene clavado con los ojos deslumbrados, fijos en el televisor mientras los saltos frenéticos del mando a distancia hacen aparecer y desaparecer entrevistas con ministros, abrazos de amantes, publicidad de desodorantes, conciertos de rock, arrestados que esconden la cara, lanzamientos de cohetes espaciales, tiroteos en el Far West, volteretas de bailarinas, encuentros de boxeo, concursos de adivinanzas, duelos de samuráis. Si no me detengo a mirar ninguno de esos programas es porque el programa que busco es otro, y yo sé que existe, y estoy seguro de que no es ninguno de éstos, y que éstos los transmiten sólo para inducir a engaño y desanimar a quien, como yo, está convencido de que el programa que cuenta es el otro. Por eso sigo pasando de un canal a otro: no porque mi mente sea incapaz de concentrarse siquiera el mínimo necesario para seguir un filme o un diálogo o una carrera de caballos. AI contrario: mi atención está totalmente proyectada hacia algo que de ningún modo puedo pasar por alto, algo único que se está produciendo en este momento mientras mi televisor está todavía atiborrado de imágenes superfluas e intercambiables, algo que ya debe de haber empezado y cuyo comienzo sin duda he perdido, y que si no me doy prisa corro el riesgo de perder también el fin. Mi dedo brinca en el teclado del selector apartando la envoltura de las vanas apariencias como capas superpuestas de una cebolla multicolor.

Mientras tanto el verdadero programa recorre las vías del éter en una banda de frecuencia que no conozco, tal vez se pierde en el espacio sin que yo pueda interceptarlo: hay una estación desconocida que esta transmitiendo una historia que me concierne, mi historia, la única historia que puede explicarme quién soy, de dónde vengo y adónde voy. La única relación que puedo establecer en este momento con mi historia es una relación negativa: rechazar las otras historias, descartar todas las imágenes mentirosas que me son propuestas. Este pulsar las teclas es el puente que yo lanzo hacia ese otro puente que se abre como un abanico en el vacío y que mis arpones no consiguen enganchar: dos puentes discontinuos de impulsos electromagnéticos que no se juntan y se pierden en el polvillo de un mundo fragmentado.

Cuando entendí esto fue cuando empecé a blandir el mando a distancia no en dirección al televisor sino fuera de la ventana, hacia la ciudad, sus luces, los anuncios de neón, las fachadas de los rascacielos, los pináculos en los techos, los enrejados de las grúas con su largo pico de hierro, las nubes. Después salí a la calle con el mando a distancia escondido bajo el abrigo, apuntando como con un arma.

En el proceso dijeron que yo odiaba la ciudad, que quería hacerla desaparecer, que me movía un impulso destructor. No es verdad. Amo, siempre he amado nuestra ciudad, sus dos ríos, las raras placitas arboladas como lagos de sombra, el maullido desgarrador de las sirenas de las ambulancias, el viento que se va metiendo en las Avenues, los diarios arrugados que vuelan al ras del sueño como gallinas cansadas. Sé que nuestra ciudad podría ser la más feliz del mundo, sé que lo es, no aquí en la longitud de onda en que me muevo sino en otra banda de frecuencia, allí es donde la ciudad donde he residido toda mi vida se convierte por fin en mi hábitat. Ése es el canal que trataba de sintonizar cuando apuntaba con el selector a los escaparates centelleantes de las joyerías, las fachadas majestuosas de los bancos, las marquesinas y las puertas giratorias de los grandes hoteles: guiaba mis gestos el deseo de salvar todas las historias en una historia que fuese también la mía, no la malevolencia amenazadora y obsesiva de que se me acusa.

Todos andaban a tientas en la oscuridad: la policía, los magistrados, los expertos psiquiátricos, los abogados, los periodistas. “Condicionado por la necesidad compulsiva de cambiar continuamente de canal, un telespectador enloquece y pretende cambiar el mundo a golpes de mando a distancia”: éste es el esquema que con pocas variantes ha servido para definir mi caso. Pero las pruebas psicológicas siempre han excluido que hubiera en mí vocación de terrorista; incluso mi gran aceptación de los programas actualmente en antena no se aparta mucho de la media de los índices de aprobación. Tal vez al cambiar de canal no trataba de desbaratar todos los programas sino algo que cualquier programa podría comunicar si no estuviera roído en su interior por el gusano que desnaturaliza todas las cosas que rodean mi existencia.

Entonces discurrieron otra teoría apropiada para enmendarme, dicen ellos; más aún, atribuyen al hecho de que yo sólo me haya convencido, el freno inconsciente que me ha librado de cometer los actos criminales a los que me creían inclinado. Es la teoría según la cual es inútil cambiar de canal, el programa es siempre el mismo o como si lo fuese, sea filme o noticiario o publicidad lo que se transmite, el mensaje es uno solo en todas las estaciones porque todo y todos formamos parte de un sistema; y aun fuera del televisor, el sistema lo invade todo y sólo deja lugar para los cambios de apariencia; por consecuencia, tanto si yo me agito con mi teclado como si meto las manos en los bolsillos, da lo mismo, porque nunca conseguiré escapar del sistema. No sé si los que sostienen estas ideas creen en ellas o si lo dicen sólo confiando en comprometerme; de todos modos a mí nunca me han afectado porque no pueden hacer mella en mi convicción sobre la esencia de las cosas. Para mí lo que cuenta en el mundo no son las uniformidades sino las diferencias: diferencias que pueden ser grandes o también pequeñas, minúsculas y hasta imperceptibles, pero lo que cuenta es justamente ponerlas en evidencia y confrontarlas. Yo también sé que pasando de un canal a otro se tiene la impresión de una sopa única; y sé también que los azares de la vida están ceñidos por una necesidad que no los deja variar demasiado: pero en esa pequeña desviación reside el secreto, la chispa que pone en movimiento la máquina de las consecuencias, para la cual las diferencias llegan a ser notables, grandes, enormes y hasta infinitas. Miro las cosas a mi alrededor, todas torcidas, y pienso que hubiese bastado una nada, un error evitado en determinado momento, un sí o un no que aun dejando intacto el cuadro general de las circunstancias hubiera llevado a consecuencias totalmente diferentes. Yo esperaba que cosas tan simples, tan naturales, estuvieran por revelarse de un momento a otro; pensar esto y apretar los mandos del selector era todo uno.

Con Volumnia creía que había dado por fin con el canal justo. En realidad, durante los primeros tiempos de nuestra relación, dejé descansar el mando a distancia. Todo en ella me gustaba, su chignon color tabaco, su voz casi de contralto, los pantalones a la suava y las botas puntiagudas, su pasión que yo compartía por los bulldogs y los cactus. Igualmente confortantes me parecían sus padres, los lugares donde habían efectuado inversiones inmobiliarias y donde pasaban correctos períodos de vacaciones, la sociedad de seguros donde el padre de Volumnia me había prometido un empleo creativo con participación en los beneficios después de nuestra boda. Todas las dudas, objeciones, las hipótesis que no convergían en el sentido deseado yo trataba de suprimirlas de mi mente, y cuando advertí que volvían a presentarse cada vez con más insistencia, empecé a preguntarme si las pequeñas resquebrajaduras, los malentendidos, los obstáculos que hasta ese momento me habían parecido ofuscamientos momentáneos y marginales, no podían interpretarse como presagios de las perspectivas futuras, es decir que nuestra felicidad contenía latente la sensación de cosa forzada y tediosa que se tiene con una mala telenovela. Sin embargo, la convicción de que Volumnia y yo estábamos hechos el uno para el otro nunca se debilitaba: tal vez en otro canal una pareja idéntica a la nuestra, pero que el destino había dotado de dones sólo levemente distintos, se disponía a vivir una vida cien veces más atrayente.

En este estado de ánimo aquella mañana levanté el brazo empuñando el mando a distancia y lo dirigí hacia la corbeille de camelias blancas, hacia el sombrerito adornado con racimos azules de la madre de Volumnia, la perla en el plastrón del padre, la estola del oficiante, el velo bordado de plata de la novia... El gesto, en el momento en que todos los presentes esperaban el “sí” de mi parte, fue mal interpretado: por Volumnia en primer lugar, que vio en él una repulsa, una afrenta irreparable. Pero yo sólo quería significar que allá, en aquel otro canal, la historia mía y de Volumnia transcurría, lejos del alborozo de las notas del órgano y de los flashes de los fotógrafos, pero con muchas cosas más que la identificaban a la verdad suya y mía.

Tal vez en aquel canal más allá de todos los canales nuestra historia no ha terminado, Volumnia sigue queriéndome, mientras que aquí, en el mundo donde vivo no pude hacerle entender mis razones: no quiso verme más. De aquella ruptura violenta nunca me he recobrado; desde entonces comencé esa vida que los diarios describieron como la de un demente sin residencia fija, que vagaba por la ciudad armado de su zarandaja incongruente... En cambio mis razonamientos nunca fueron tan claros como entonces: había comprendido que tenía que empezar a actuar desde el vértice: si las cosas andan mal en todos los canales, ha de haber un último canal que no sea como los demás, en el que gobernantes tal vez no demasiado distintos de éstos, pero con una pequeña diferencia de carácter, de mentalidad, de problemas de conciencia, puedan detener las grietas que se abren en los cimientos, la desconfianza recíproca, el degradarse de las relaciones humanas...

Pero la policía me vigilaba desde hacía tiempo. Aquella vez que la multitud se agolpó para ver bajar de los coches a los protagonistas del gran encuentro de jefes de Estado, y me colé por los ventanales del palacio, en medio de las filas de los servicios de seguridad, no tuve tiempo de levantar el brazo con el mando a distancia cuando me cayeron todos encima arrastrándome fuera, por más que yo protestase que no quería interrumpir la ceremonia sino sólo ver que presentaban en el otro canal, por curiosidad, sólo durante unos pocos segundos.

El escritor Y el ilustrador

Italo Calvino (Cuba 1923, Italia 1985): escritor italiano nacido en Cuba. Después de la Segunda Guerra Mundial, durante la que luchó contra los nazis en un grupo de partisanos, se licenció en Literatura y realizó trabajos editoriales. Utilizó técnicas alegóricas en novelas como El caballero inexistente o El vizconde demediado (1952-1959). En obras posteriores, como Las cosmicómicas (1965) y Si una noche de invierno un viajero (1979), queda patente su original mezcla de fantasía y especulación metafísica.

Jorge Meijide (San Fernando, provincia de Buenos Aires, 1947): maestro del dibujo, se formó en la Asociación Estímulo de Bellas Artes. Ganó el Primer Premio en Dibujo del Salón Manuel Belgrano y el Gran Premio de Honor del Salón Nacional.

fuente: http://criticadigital.com

Tags: calvino, canal, el, italo, jorge, meijide, último

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Cuánta originalidad.

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